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Diez días hace del fin del año pasado, el 2012, aquel en que no ocurrió el fin del mundo, pero que a cada uno de nosotros nos trajo el final de algo. Para esta la que escribe fue un año de 17 lecturas entre novelas, teatro, poesía y relatos, sin contar la docena de buenos y malos cómics.

El 2012 fue el año que leí grandes novelas. Un paseo por el lado salvaje, de Nelson Algren (editado por Galaxia Gutenberg), es una delicada y tierna historia de un chico que se busca la vida en los bajos fondos de los Estados Unidos post crack del 29. El bosque del odio, de Romain Gary (Galaxia Gutenberg), es una humana descripción de los partisanos de la segunda guerra mundial ocultos en el bosque en el largo invierno de la muerte, las violaciones y los sueños que se desvanecen. La mujer justa, de Sándor Márai (Salamandra), son tres monólogos de tres personajes diferentes, una especie de triángulo amoroso, que divagan sobre la felicidad conyugal, el amor, las clases sociales, el egoísmo y la muerte.

ImagePero, sobre todo, 2012 es el año que leí El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez (Mondadori, Debolsillo, Círculo de Lectores). ¿Qué añadir que no se haya dicho ya sobre este majestuoso ejercicio literario? Recién galardonado con el Nobel de Literatura, García Márquez aún tenía una bala en la recámara. Como diciendo “os vais a enterar”, escribió una de sus mejores obras, la historia de amor interrumpida de Fermina Daza y Florentino Ariza, a través de los años, los matrimonios, los escarceos sexuales y el cólera.

Tal vez porque me hago mayor y soy más consciente de lo que supone amar, el matrimonio, la infidelidad, la enfermedad y la muerte, he disfrutado tanto de esta novela. He disfrutado de las descripciones alejadas de la poesía y de la idealización del amor. Porque amor es tener retortijones, no mariposas en el estómago. He disfrutado de la prosa de García Márquez, que es único para arrancar o finalizar una novela con una frase que se te clava en la memoria.

Si Crónica de una muerte anunciada comienza con un “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo” o Cien años de soledad con un “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, El coronel no tiene quien le escriba termina con un “Mierda” y El amor en los tiempos del cólera con un:

“—Toda la vida —dijo.”

Y así, con un “toda la vida” para los amores que se conocen y se alejan, para los matrimonios que, entre sacudidas, ocupan la vida, y para los libros que recuerdas… toda la vida.

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