Etiquetas

, , , , , , , ,

Septiembre es mi mes favorito. Siempre lo ha sido. Es un mes que supone el fin del calor y de las vacaciones, pero sobretodo supone la vuelta al cole para niños y mayores. El cole de los niños es más divertido. Recuerdo la felicidad que experimentaba cuando tenía en mis manos los libros de texto vírgenes, el olor de los lápices de colores sin estrenar y el tacto de las mochilas y estuches recién comprados. Observaba hipnotizada el proceso de forrado de los libros que mi madre hacía cada año. La noche anterior al primer día de clase rara vez lograba dormir y al día siguiente era la niña más feliz y más nerviosa del mundo. El cole de los mayores es volver al curro, matricularse en idiomas, en el gimnasio, en Alcohólicos Anónimos, lo que sea. Es volver a buscar trabajo o rezar para que el contrato del verano se prolongue todo el otoño. Es hacer planes y verlos poco después olvidados. Nada que ver con la felicidad de un niño ante su vuelta al colegio.

Claro que la inmensa mayoría de los niños no es feliz ante la perspectiva de la vuelta al cole. Siempre fui una niña un tanto especial. No obstante, no dudo que, como yo, hubo y habrá cientos de niñas y niños que sientan lo mismo que pude sentir yo hace tantos años. Sin embargo, este año las perspectivas de felicidad no son muy buenas. Con la subida del IVA al 21 % en el material escolar se hace muy complicada la necesidad de los niños de no sentirse pobres (o en desventaja) respecto a sus compañeros. Los padres tendrán que buscar por casa cuadernos viejos a los que arrancar las páginas utilizadas, lápices que andan perdidos en los cajones, gomas de borrar reducidas a su mínima expresión… Todo por ahorrar unos euros. El niño volverá a utilizar su barra de pegamento y sus témperas secas por la falta de uso, la mochila de años anteriores, la ropa del hermano mayor y hasta el tupper para la hora de la comida. Los padres tienen ante sí una tarea complicada: transmitir al niño la falta de recursos y el porqué de la escasez de cosas nuevas y atractivas a la vista. Hacerlo bien es todo un reto. Se puede hacer como un juego, como en La vida es bella, o con amargura, contagiando al niño el pesimismo de unos padres que han perdido la beca de libros, de comedor y puede que también el empleo, la prestación por desempleo y las ganas de seguir luchando.

Yo no fui una niña con muchos recursos. Familia muy humilde, ropa y libros heredados, ningún lujo; estos conceptos me son familiares, pero era feliz y me entusiasmaba cada septiembre. Mis padres supieron hacerlo bien. Me daba igual lo que los niños con padres con más dinero dijeran de mí. Me daban igual sus zapatillas y chándales de marca. Me daban igual sus bolígrafos caros y sus chuches y bollos para el recreo. Yo era feliz con mis libros de texto nuevos o de mi hermano mayor, con los libros que sacaba de la biblioteca, con los deberes divertidos (las mates no, por supuesto), con cada excursión y actividad extraescolar.

Al menos no han subido el IVA a los libros. Y al menos quisiera que los padres transmitieran a sus hijos lo divertido de la lectura. Si no hay dinero para libros nuevos, siempre se puede tirar de los la biblioteca, de primos mayores, de los que usaban los propios padres en el colegio, etc. Es importante inculcar el hábito de la lectura desde que son pequeños. A veces puede ser hasta una vía de escape y un incentivo a sus imaginaciones en los tiempos tan duros que les espera.

Y porque ninguno, pero es que ninguno de mis amigos, aquellos que fuimos unos niños raros que leían hasta en el recreo, que leemos todavía siempre que podemos, hemos salido mal parados. Gente sana, divertida y que no hace daño a nadie. Niños en su día. Jóvenes lectores ahora.

¡Por una infancia ajena a la crisis! ¡Por el IVA reducido en los libros de por vida! ¡Y por la vuelta al cole!

Anuncios