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Tengo tres amigas que se llaman Ana, Emma y Anna. Son las protagonistas de La Regenta, Madame Bovary y Anna Karénina respectivamente. Las llamo “amigas” porque me han hecho amar la literatura por encima de todas las cosas. A Emma la conocí en el año 2004 gracias al entusiasmo de mi profesor de literatura Guillermo Fernández Rodríguez-Escalona. A Anna la conocí en el tórrido verano de 2008. Y, finalmente, a Ana la he conocido este año. No sé por qué razón han pasado cuatro años entre cada una de las lecturas. No lo he hecho adrede, pero me parece curioso. Ana, Emma y Anna son tres mujeres muy parecidas y muy diferentes. Las tres han cometido el mismo pecado, pero las tres tienen un origen y una evolución muy diferentes. ¿El pecado? La infidelidad. ¿La razón? La falta de amor. Y es que estas tres protagonistas literarias que nacieron en la misma época gritaron al mundo entero que la mujer decide cuándo y a quién amar. Tenga las consecuencias que tenga.

No voy a escribir el argumento de cada una de las novelas. Apelo a la cultura del lector y a ese pacto que se tiene entre buenos amigos de no desvelar los secretos de una novela, una película o una serie de televisión. Tampoco pienso hacer una crítica literaria sobre el estilo de estas novelas. Ya tuvieron su tiempo para ello. Solo deseo compartir con vosotros mi admiración (una especie de amor/odio) por estas tres mujeres.

Emma es una mujer soñadora, muy devota de los libros —la única religión que profeso—, que tiene que casarse con un médico de provincias de la Francia de mediados del siglo XIX. Su marido es un tonto, bruto e insípido hombre que Emma no logra amar. Sus vecinos son pedantes, cotillas, aburridos. Nadie entiende a la pobre Emma. Por eso lee, por eso se gasta el dinero en ropa, por eso amará a otros hombres. Por eso es infiel: porque su mundo, el que se le ha dado impuesto, es un infierno. No lo acepta y no puede hacer otra cosa salvo amar, por primera vez, a un hombre de forma carnal e intelectual.

El caso de Anna es diferente. Ella vive en una mejor posición que Emma. Está casada con un importante funcionario metido en política del San Petersburgo de bien entrada la segunda mitad del siglo XIX. Pero su marido ama el poder. De puertas para fuera son el paradigma de un buen matrimonio. La cara oculta desvela la tristeza de Anna. Tienen un hijo, pero tanto le da. Ella se quiere enamorar, experimentar en sus carnes la ternura, el calor del sexo y la piel de gallina cuando un pensamiento amoroso la despierta de la rutina de su vida de clase alta, con visitas, viajes y secretos a voces.

Ana es más mojigata. Francia y Rusia compartían una cultura más avanzada que la España de finales del siglo XIX. Vive en una ciudad de provincias donde la Iglesia ejerce con gran poder. Ella se debate entre su fe —que la ciega hasta enfermar—, serle fiel a su estúpido marido que bien podría ser su padre (y que jamás será un actor de comedias) y el amor que nace en su pecho cada vez que piensa en Álvaro Mesía. Sus vecinos son lo peor de entre lo peor y ella se siente sola, muy sola en el mundo, creyendo que el consuelo está en la religión.

Pero las tres cogieron el toro por los cuernos. Plantaron cara al provincianismo, a la moralidad puritana y los dogmas religiosos apolillados. Decidieron amar a uno o varios hombres fuera de su matrimonio. Se entregaron a la pasión y vivieron poco, pero intensamente, cada minuto de amor, sexo y compañerismo, aquello que ni de lejos tenían en sus matrimonios.

Gustave Flaubert, Lev Tolstói y Leopoldo Alas, “Clarín”, crearon a las Pussy Riot de su época. Mujeres luchadoras que se niegan a que nadie decida por ellas. Revolucionarias bajo la mirada desaprobadora y cargada de moralina de sus contemporáneos. Ellas fueron unas luchadoras. Aquello que no se podía hacer lo hicieron. ¿Qué está mal visto? ¡Y qué! Proclamaron su libertad, eso que las mujeres no tenían en el siglo XIX, eso que las mujeres de algunas culturas no tienen todavía en este “avanzado” siglo XXI.

No son heroínas porque no hicieron nada heroico. Fueron egoístas, bobas, materialistas, autodestructivas e infieles. Pero plantaron cara a un problema y encontraron una solución al mismo. Lucharon y… ¿acaso ganaron o perdieron? Qué más da: decidieron y vivieron, aunque solo en las páginas de un libro y en la imaginación de millones de lectores. No es un canto a la infidelidad. Es un canto a la libertad de las mujeres.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License. Texto y fotografías de María José Alfonsel.

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