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Descubrí la poesía de Claudio Rodríguez en una antología poética que tuve que comprar en el bachillerato. En las más de mil páginas de este libro dedicado a la historia de la poesía en castellano, rescataban cuatro de las composiciones que el poeta zamorano había escrito en su corta, pero significativa obra. Digo corta porque, a diferencia de otros poetas contemporáneos de su época, Claudio Rodríguez solo publicó cinco poemarios con alrededor de ciento cincuenta poesías. Pero no por ello son peores, y en este caso, sus “pocos” poemas son de los mejores de la poesía en castellano del siglo XX.

Para poder conocerle a fondo, compré hace tres años su poesía completa. El poeta publicó su primera obra en 1953 y la última en 1991 y pertenece a la Generación del 50 o del medio siglo, compuesta por poetas como José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Antonio Gamoneda, Francisco Brines y Félix Grande. Los nacidos en plena segunda república, que vivieron una guerra en su tierna infancia y una posguerra dura y represiva, fueron la bocanada de aliento joven y renovado que fue más allá de la poesía social de Blas de Otero y Gabriel Celaya. En sus poesías se recuerda la infancia, se respira con melancolía las añoranzas de la tierra, del pueblo y de los amores de juventud y se evoca con admiración la Naturaleza.

En el caso de Rodríguez, apasionado lector desde su niñez, se ve con claridad la influencia de poetas como Rimbaud, Baudelaire, Wordsworth, Hölderlin y T. S. Eliot. Es su poesía el resultado de una contemplación admirativa de su entorno, del campo de Castilla regado por el río Duero, de la recreación de su infancia. Es el poeta descubridor de su entorno, de su verdad, verdad que transfiere a sus creaciones con la quietud y el silencio propios de la aptitud contemplativa.

En 1953 publicó su primera obra, Don de la ebriedad, que le valió su primer premio y reconocimiento. Tenía 17 años. Así arranca:

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo –esto es un don–, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

Con este poema ya define lo que trasmitirá con su obra: el maravillarse de las cosas sencillas de la vida, que paradójicamente poco tienen de sencillas. En 1958 publicó Conjuros, la maduración de su poesía. Temas agrarios y rurales como en los poemas Cosecha eterna, Lluvia de verano o Caza mayor que nos dejan versos también aparentemente sencillos, pero que encierran la complejidad del gusto por el verso estético, bien hecho:

«¿Quién con su mano eterna
nos siembra claro y nos recoge espeso?
¿Qué otra sazón sino la suya cuaja
nuestra cosecha? ¿Qué bravío empieza
a dar sabor a nuestro fruto? ¡A ése,
parad a ése, a mí, paremos todos:
nuestra semilla al viento!»

Su tercer poemario, publicado en 1965, fue Alianza y condena. En él encontramos composiciones tan hermosas como Como el son de las hojas del álamo, Lo que no es sueño, Brujas a mediodía, Gestos, Ajeno o Tiempo mezquino. La naturaleza siempre presente se ve invadida por la presencia del ser humano. Un hombre con un pasado que arrastra, que se arrepiente, que duda, que se odia a sí mismo, pero que también rememora las delicias de los tiempos que fueron buenos, que fueron amables, que fueron amados.

«Me avergüenzo de mi boca
no por aquellas palabras
sino por aquella boca
que besó. ¿Qué tiempo hace
de ello? ¿Quién me lo reprocha?
Un sabor a almendra amarga
queda, un sabor a carcoma;
sabor a traición, a cuerpo
vendido, a caricia pocha.»

Vuelo de la celebración fue publicada en 1976. Sus palabras “fetiche” aparecen con fuerza: álamo, alondra, herida, dolor, música, golondrina, almendra, el Duero… Poemas como Mientras tú duermes, Música callada, Herida en cuatro tiempos o Perro de poeta nos aportan la visión pesimista y la optimista de su presente.

«La cama temblorosa
donde la pesadilla se hizo carne,
donde fue fértil la respiración,
audaz como la lluvia,
con su tejido luminoso y sin ceniza alguna.»

 Ocho años antes de morir, en 1991, publicó su último poemario, Casi una leyenda, un título profético de lo que sería este poeta, que ha recibido los máximos galardones: Premio de la Crítica, Premio Nacional de Poesía y el Príncipe de Asturias de las Letras. La mañana del búho, El robo y Secreta son algunas de sus poesías más destacadas. Y como si de una espera se tratase, Claudio Rodríguez escribe su último poema, una llamada a la señorita Muerte, haciendo un juego con la claridad que nos retrotrae a ese poema primero. Aquí se despide el poeta y nace la leyenda:

Tú no sabías que la muerte es bella
y que se hizo en tu cuerpo. No sabías
que la familia, calles generosas,
eran mentira.

Pero en aquella lluvia de la infancia,
y no el sabor de la desilusión,
la sábana sin sombra y la caricia
desconocida.

Que la luz nunca olvida y no perdona,
más peligrosa con tu claridad
tan inocente que lo dice todo:
revelación.

Y ya no puedo ni vivir tu vida,
y ya no puedo ni vivir mi vida
con las manos abiertas esta tarde
maldita y clara.

Ahora se salva lo que se ha perdido
con sacrificio del amor, incesto
del cielo, y con dolor, remordimiento,
gracia serena.

¿Y si la primavera es verdadera?
Ya no sé qué decir. Me voy alegre.
Tú no sabías que la muerte es bella,
triste doncella.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License. Texto de María José Alfonsel.

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