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Hace unas semanas terminé un curso del Servicio Regional de Empleo. Exacto: un curso del paro. Fueron 210 horas a razón de cinco horas diarias durante dos meses. ¿La formación que recibí? Redactora / correctora. Redactar ya sabía. O al menos pensaba que sabía. Si algo he aprendido en esas horas de clase es que, por lo general, escribimos muy mal. Escribir literatura o periodismo requiere de limpieza, de orden, de claridad, pero también de poesía. Frases hermosas no hacen un cuento o un artículo hermoso, pero sin ellas solo se obtiene un texto correcto. Mi caso: escribo bien, de forma concisa y correcta. Uso el humor y algunas licencias poéticas. ¿Errores más comunes? La puntuación tal vez no sea la más idónea. Subordinadas eternas que, en la mayor parte de los casos, procuro cortar o uso excesivo de la coma porque, qué se yo, me gusta mucho.

¿Y de corrección aprendí algo? Diría más bien que lo he aprendido todo. Si la primera parte del curso –la de redacción– no me aportó nada nuevo salvo reconocer mis propios errores, la segunda –la destinada a la corrección de estilo y tipográfica– me ha descubierto a una María José más obsesiva y perfeccionista. ¿Nunca os ha pasado que, leyendo un texto de un compañero de clase o de trabajo, más que quedarte con la idea de lo que estás leyendo te quedas con la forma y, en vez de dar una respuesta (porque esa gente quiere una respuesta a “¿es bueno mi texto?”) sueles dar una corrección? A mí sí. Muchas veces. Sin quererlo, ya era una correctora. Tanto de estilo como ortotipográfica. “Te has comido una tilde, Fulanito” o “Esta frase tendría más sentido con este otro verbo, Menganita”. ¡De mí han salido frases así!

Aparcando a un lado mi experiencia personal, tal vez deba dar una definición de la figura del corrector para aquellos foráneos del mundo editorial. El corrector es la persona encargada de corregir las pruebas, que son los textos antes de ser impresos definitivamente, entendiendo corregir como perfeccionar tanto la forma como el estilo. El corrector se encarga de que el texto sea totalmente legible, que se comprenda y esté bien presentado. Hay diferentes tipos de corrección: por un lado está la corrección de estilo, que afecta al léxico, la semántica, la gramática y la ortografía; por otro lado está la corrección tipográfica (u ortotipográfica) que se centra en la ortografía y la tipografía (y sus diferentes elementos: cursivas, versalitas, negritas, espacios…). ¿Es necesaria la figura del corrector? No solo es necesaria, sino que debería ser obligatoria. Ninguna editorial (ni ninguna publicación periódica) debería ignorar la figura del corrector.

Como ya he adelantado, escribimos muy mal. Ni siquiera los escritores “profesionales” se libran de la necesaria corrección, aunque algunos no lo acepten. A todos (venga chicos, un ejercicio de humildad; repetid conmigo: “a todos…”) se nos puede escapar una tilde, un mal uso de mayúscula, un leísmo, laísmo o loísmo, una no-concordancia, un ‘por qué’, ‘porqué’, ‘porque’ o ‘por que’ mal utilizado, una falta de ortografía de esas consonantes que tanto nos cuestan como la ‘h’, la ‘g’, la ‘j’, la ‘b’ o la ‘v’, un léxico que creemos que entendemos pero estamos utilizando mal o la inclusión de verbos clichés que empobrecen tanto un texto. A todos. Lingüistas y filólogos inclusive. De ahí que la figura del corrector sea necesaria.

Un corrector no nace con la Ortografía, la Gramática o los Diccionarios de la Real Academia Española insertados en su cerebro. Un corrector está en constante aprendizaje. Se adapta a cada nueva publicación de la RAE y sigue consultado sus herramientas con cada nuevo trabajo. No diré que es un trabajo bien pagado o con reconocimiento social, porque desgraciadamente no lo es, pero sí repetiré que es necesario (repetid conmigo: “es necesario”). Con uno o varios correctores contratados en prensa, instituciones o editoriales evitaríamos ver constantemente en las redes sociales las faltas de ortografía y la mala escritura que tienen políticos en sus comunicados, cartas electorales o lo que sea que escriban para ganar un voto.

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