Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Siglo XX. Muchas son las novelas que se sitúan en Madrid. Ningún autor se perfila como “el imprescindible”, a lo Benito Pérez Galdós o Pío Baroja, y, sin embargo, encontramos grandes novelas “madrileñas”.

En los años cuarenta del pasado siglo, Arturo Barea publicó su gran obra: La forja de un rebelde. La novela, dividida en tres partes, es autobiográfica y cuenta en primera persona la vida de Barea, desde su niñez hasta la guerra civil, tras la cual tuvo que emigrar a Inglaterra. El Madrid de su niñez es inocente, puro, de gente sencilla y humilde, que vive en el centro de la ciudad y pasa los fines de semana en la Casa de Campo o El Retiro.

«En la entrada de la calle de Mesón de Paredes vive la señora Segunda. Casi todas las mañanas, cuando yo bajo al colegio, está desayunando en el cafetín del Manco. Cuando entro a darle los buenos días, todos los parroquianos me miran con extrañeza de que le salude y la bese. Porque la señora Segunda es una pobre de pedir limosna y además le falta la nariz por un cáncer que se la ha comido y se le ven los huesos de dentro de la cabeza. En el cafetín no entran los chicos vestidos como yo, porque es el café de los mendigos. Se abre a la caída de la tarde y se cierra hacia las diez de la mañana. Tienen allí mismo también una fábrica de churros donde compra todo el barrio y las churreras que luego los revenden por las esquinas.»

En los años cincuenta se publicó (en Buenos Aires, ya que en España se censuró hasta los sesenta) La colmena de Camilo José Cela. El Madrid retratado es el de 1942, el de la burguesía venida a menos de la posguerra. No vemos tanto sus calles como su sociedad. Con sus más de trescientos personajes, Cela pone voz a unas generaciones que dudan de su presente y temen su futuro.

«Don Leonardo Meléndez debe seis mil duros a Segundo Segura, el limpia. El limpia, que es un grullo, que es igual que un grullo raquítico y entumecido, estuvo ahorrando durante un montón de años para después prestárselo todo a don Leonardo. Le está bien empleado lo que le pasa. Don Leonardo es un punto que vive del sable y de planear negocios que después nunca salen. No es que salgan mal, no; es que, simplemente, no salen, ni bien ni mal.»

Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos, irrumpió en la década de los sesenta, una novedad literaria que rompió con lo establecido hasta el momento. Una técnica renovada, el uso del estilo indirecto libre y su carácter rupturista definen la obra (y las largas frases donde el punto y seguido o el punto y aparte quedan casi desterrados). La historia se desarrolla en el Madrid de 1949, atrapada en la posguerra. Ambiente opresivo en una ciudad donde el alcohol parece un buen aliado:

«En cuanto hubieron asomado sus cabezas levemente fuera de la náusea del coñac de orujo la necesidad de encaminarse hacia la próxima calle de San Marcos se hizo patente. Sus recios estómagos habían conseguido superar el golpe bajo y sin vómito alguno, sin temblor aparente de sus dedos, con un cierto color verdoso en los rostros pero sin haber medido el suelo, se encontraron sentados en el peluche rojo de un pequeño café de barras niqueladas donde un aparato automático de tocar discos empezaba una y otra vez la misma canción andaluza hecha de cante hondo degenerado y de rasguear de aguja vieja sobre la ebonita negra.»

Rosa Chacel publicó en la década de los setenta la preciosa novela Barrio de Maravillas, la historia de dos niñas en dicho barrio muchos años atrás. Diez años más tarde publicó la continuación de esta “trilogía”, con Acrópolis y Ciencias naturales (si alguien tiene un ejemplar, por favor, que me lo preste: me muero por leerlas). Barrio de Maravillas describe un Madrid popular, bullicioso y fiestero, con sus tiendas y trabajadores en cada rincón de las calles del barrio de la plaza del Dos de Mayo.

«Tarda el tranvía. Viene al fin por la calle de Alcalá: se diría que cabecea. Tiene un leve movimiento de proa a popa, casi imperceptible y, en cierto modo, aquiescente: en cierto modo sumiso al trole como el perro a la cadena y, como el perro, habituado al paseo cotidiano. Así aparece cuando se le ve venir a lo lejos, luego, una vez dentro, cuando se le comprueba repleto, cansado, herido y desgastado por el tráfago enorme que es su cometido, su empleo o su mandato, por pertenecer a un distrito que viene del Este.»

Si hay que destacar un autor de la década de los ochenta ese sería Francisco Umbral. Aquí la que os escribe no ha leído ni una sola de sus más de ¿100? obras, pero no obstante sé que fue un icono literario de la época. Solo en esta década publicó 16 (¡16!) obras narrativas donde, entre otros muchos ambientes, describió a la ciudad de Madrid: moderna, poblada de personajes, de argot madrileño (Diccionario cheli) y vueltas con la historia.

En los noventa tenemos, en cambio, varios ejemplos sonados. José Ángel Mañas, Lucía Etxebarría o Javier Marías son algunos de esos escritores que situaron sus novelas en el Madrid contemporáneo. Drogas, sexualidad y amor en un Madrid frenético, hedonista y egocéntrico. Novelas que no son un reflejo social, sino individual. Historias del Kronen, de José Ángel Mañas:

«Creo que estamos en la Castellana, aunque no veo muy bien por dónde vamos porque me cuesta trabajo levantar la cabeza. Ahora torcemos por Cuzco y nos metemos por Capitán Haya.

—AHÍ HAY TRES —dice Manolo— FRENA, ROBERTO, FRENA.

El coche frena. Manolo baja la ventanilla.

—¿Cuánto cobráis por los cuatro, chavalinas?»

Beatriz y los cuerpos celestes, de Lucía Etxebarría:

«Me llevó a un bar que estaba en la plaza de las Salesas, un sitio oscuro animado por una música suave de jazz, matizada, sin estridencias, y concurrido por algunas parejas de mediana edad que se distribuían por las mesas. Preferí no adivinar si mi padre se descolgaba a menudo por aquel bar, ni con quién. Él pidió un güisqui solo y yo una tónica, ya que la psiquiatra me había advertido que no podía tomar alcohol porque me estaban medicando a base de ansiolíticos.»

 Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías:

«Vi a Luisa pagar con una tarjeta de crédito (cada artículo en una bolsa) y me alejé unos pasos para seguirla en cuanto salió de la tienda: volvió a Ortega y Gasset o Lista y llegó hasta la Castellana, ese paseo que es como el río de la ciudad, larga franja divisoria con arbolados muelles pero demasiado recta, sin meandros ni agua, sólo asfalto, y los andenes o muelles no se elevan.»

Desde el Madrid de antes y después de la guerra, con clases bajas y altas muy diferenciadas, y desde el ambiente opresivo de la dictadura hasta los años de excesos y puro egoísmo de los noventa, tenemos novelas para todos los gustos y lectores.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

Anuncios