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En la primera parte de esta serie de artículos sobre novelas que transcurren en Madrid escribíamos acerca de Benito Pérez Galdós. Es hora de dar paso a la Generación del 98. El exponente más claro de lo que he venido a denominar “Madrid literario” es Pío Baroja. En su prolífica obra literaria, Baroja situó algunas de sus novelas en la capital. Destacan dos obras por encima del resto: la trilogía La lucha por la vida –compuesta de La busca, Mala hierba y Aurora roja– y El árbol de la vida, de la trilogía La Raza.

La lucha por la vida, escrita en 1904, es una obra monumental que narra las peripecias por progresar en la vida de Manuel Alcázar. En La busca, Manuel sale de su pueblo camino de la capital. No olvidemos que estamos a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y lo que hace Manuel es un ejemplo de lo que se vería años después de forma generalizada: el éxodo del campo hacia la ciudad. La novela presenta una ciudad bulliciosa y llena de contrastes. Más allá del río Manzanares se encontraba la parte suburbial de la ciudad. Miseria, pobreza y muerte iban de la mano.

«El madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios pobres próximos al Manzanares, hállase sorprendido ante el espectáculo de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo en invierno. La corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al lado de sombra oscura; vida refinada, casi europea, en el centro, vida africana, de aduar, en los suburbios.»

Manuel va haciéndose poco a poco un hueco en la gran ciudad. Su misión es encontrar trabajo, aprender un oficio, en un Madrid sin suficientes puestos de trabajo (como el actual). Mientras tanto, un tapiz de personajes de lo más variopintos se va tejiendo entorno suyo. Gente baja, que vive en corralas y frecuenta tabernas, en el Madrid pobre y sin esperanza de principios de siglo. Golfos, prostitutas y obreros, codo a codo, en la capital de la nación.

En Mala hierba, Manuel continúa con su aprendizaje moral. Esta vez quiere alejarse de la ciudad gris que le ahoga y salir fuera, pues en la ciudad no encuentra un trabajo adecuado para él. Tras idas y venidas encuentra trabajo como aprendiz en una imprenta. En esta novela también nos deja retratos del Madrid de la época:

«Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esa parte de Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila a los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates a voz en grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales blancos; los horteras, recostados en la puerta de la tienda, echaban un párrafo con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con la cesta en equilibrio en la cabeza, y el ir y venir de la gente, el gritar de unos y de otros, formaban una baraúnda ensordecedora y un espectáculo abigarrado y pintoresco.»

Por último, en Aurora roja, Manuel comienza a frecuentar los ambientes anarquistas de la época, que Baroja logra retratar muy bien. Finalmente, Manuel logra progresar y hacerse el dueño de la imprenta en la que empezó como aprendiz.

«En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda mezclado y desnaturalizado, era una excepción honrosa la calle de Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente fúnebre, de una funebridad única e indivisible. Solamente podía parangonarse en especialización con ella alguna otra callejuela de barrios bajos y la calle de la Justa, hoy de Ceres. Esta última, sobre todo, dedicada galantemente a la diosa de las labores agrícolas, con sus casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle, resto del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravías, con la colilla en la coba, que se hablan de puerta a puerta, acarician a los niños, echan céntimos a los organilleros y se entusiasman y lloran oyendo cantar canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podía sostener la compasión con aquélla, podía llamarse, sin protesta alguna, calle del Amor, como la de Magallanes podía reclamar con justicia, el nombre de calle de la Muerte.»

Otro cariz tiene el Madrid de El árbol de la ciencia. Una obra filosófica (de mis favoritas, he de añadir), con un tinte amargo, que trata poco, pero con pluma afilada, la ciudad que envuelve la trama del estudiante Andrés Hurtado. Un Madrid burgués, pero también el Madrid de los cafés, los obreros y, nuevamente, las prostitutas.

Azorín y Valle-Inclán, autores de la Generación del 98, también situaron sus novelas en Madrid. La voluntad de Azorín o La corte de los milagros de Valle-Inclán son ejemplos dignos de señalar. Aunque, si me lo permitís, ninguno de ellos pudo igualar la majestuosa obra narrativa de Pío Baroja, testigo de una época precaria y desesperanzadora tan parecida a la nuestra.

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