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Leí una vez en el blog de Sofía Castañón que Juan José Millás no soportaba la idea de quedarse sin algo que leer. Comparto esta afición u obsesión, la cual me ha llevado a aprender los ingredientes de galletas en portugués, a enfadar a mis compañeros de habitación por no querer apagar la luz, a leer una y otra vez folletos en salas de espera, incluso a edades en las que no tenía ni idea de lo que los términos financieros querían decir, a tener en mi mesita de noche varios libros a la vez, a esconderme cuando he quedado con alguien para terminar el capítulo empezado o a pensar qué libro quiero empezar después de terminar el actual.

Y esto no había supuesto ningún problema hasta que decidí formar parte del grupo de jóvenes españoles que deciden emigrar a un país de lengua extranjera. En concreto, el alemán.

Leer en el idioma que estás aprendiendo es totalmente recomendable, para adquirir un mayor vocabulario, aprender la gramática o construcciones y frases hechas, pero cuando compras en alemán, trabajas en alemán, sueñas en alemán, en definitiva, vives en alemán (hallo), también echas de menos la literatura de tu país o poder leer de forma relajada, en tu lengua materna.

Por ello, intentas abastecerte de libros como si de una guerra mundial se tratase (creo que este símil no debería hacerlo en Alemania), analizas las estanterías de tus compañeros y amigos en busca de nuevas lecturas, le pides a todas tus visitas que vienen de España que te traigan un libro, sufres al no disponer de bibliotecas y comprobar que los precios de los libros en castellano fuera de sus fronteras casi se duplican. Le suplicas a tu madre que te envíe alguno de los que quedan pendientes en tu estantería (gracias, mamá).

Algo más con lo que lidiar en la vida del emigrante, pero que sin duda, hace aumentar el cariño por aquellos libros que consigues o empiezas.

Puedo decir que este problema ha hecho que aumente mi interés por las editoriales y por los nuevos ejemplares que salen a la calle, ya que mi método habitual de empezar un nuevo libro era el siguiente: Pasear por las estanterías (de una librería, una biblioteca, una colección ajena) y elegir el libro que más me llamase la atención. Ahora tengo que elegir, desde la distancia, qué libro quiero encargar, o que me traigan. Este método, podríamos decir, es más selectivo.

Aún así, cuando me quedan veinte páginas de lo que esté leyendo, vuelvo a entrar en pánico, como el mono tras haberte drogado. Una vez, una amiga bióloga me explicó la conexión entre los neurotransmisores, la felicidad y la resaca, y cómo tu cerebro se acostumbraba rápidamente a sustancias externas que provocan felicidad. Una vez sin ellas, aparece el síndrome de abstinencia (el conocido “bajón domiguero”). Tal vez este vicio que tenemos algunos (lectores) también tenga algo que ver.

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